(Transcripción de una cinta encontrada entre las pertenencias del doctor Sándor Bleuler, psiquiatra, pianista de entrecasa. La cinta no tiene fecha. La voz, según quienes lo conocieron, es inconfundiblemente la suya.)
Historia clínica, dictado del doctor Sándor Bleuler, para el registro.
Paciente varón, cincuenta y ocho años, profesión compositor y pianista, primera consulta derivada por el doctor Achával. Motivo de consulta, según refiere el propio paciente, “una obra musical que se niega a cerrarse y que en consecuencia me está cerrando a mí”; se consigna la frase textual por su valor semiológico. El paciente presenta buen contacto con la realidad al momento de esta entrevista, discurso coherente, afecto adecuado, sin alteraciones formales del pensamiento. Se destaca preocupación circunscrita, casi monotemática, en torno a una composición pianística iniciada hace treinta y tres años y aún inconclusa. Se indica seguimiento semanal.
Segunda entrevista. El paciente amplía el motivo de consulta. Refiere que la pieza en cuestión, de la cual solo exhibe fragmentos, presenta una progresión armónica que se aproxima reiteradamente a la tónica sin resolver en ella, desviándose en el último compás hacia un acorde vecino. Denomina a esta pieza, sin ironía aparente, “la pieza que no me deja bajarme”. Se lo interroga sobre el sentido de la expresión. Refiere que desde hace treinta años busca el acorde que cierre la frase y que cada acorde ensayado le resulta, en sus palabras, “una mentira, una resolución impostada”. Impresión diagnóstica presuntiva, trastorno obsesivo circunscripto a la producción artística. Se decide continuar el seguimiento.
Debo consignar acá, y esto ya no es historia clínica sino nota personal que quizás no debería estar dictando en esta cinta, que entendí lo que el paciente refería con una claridad que ningún manual exige y que ningún manual, tampoco, previene, porque yo mismo estudié piano de chico con la disciplina de quien sabe que no tiene el don y quiere, a fuerza de horas, fabricarse uno, y no lo logré. A los veintitrés años di el único recital de mi vida, en una sala a medio llenar, y toqué una sonata de Scarlatti, el verdadero, el de Nápoles, no mi paciente, con una corrección tan pulcra que un colega, después, con esa crueldad que solo tienen los que también tocan, me dijo que había sido impecable, y por eso mismo un poco muerta. Ahí entendí que sería un buen médico, y ahí también empezó, sospecho ahora, la frustración que me hizo escuchar a Attilio Scarlassi, porque ya puedo decir su nombre, se lo debo, con una atención que el legajo no va a registrar.
Vuelvo, por disciplina, a la historia clínica, aunque cada vez me cuesta más sostener el tono, y digo que Attilio había llegado derivado por un colega que ya no sabía qué hacer con un hombre que decía, con la calma insoportable de los genios, que su propia obra lo estaba cerrando, no que no podía terminarla, eso les pasa a todos los compositores mediocres, y él no era mediocre. Era, lo consigno acá aunque no corresponda a un legajo, el pianista más dotado que escuché tocar en persona, y decía que la obra, una pieza que había empezado a los diecinueve años y que treinta y pico de años después seguía sin cadencia final, había dejado de ser algo que él componía para ser algo que lo componía a él.
La pieza, nunca me dejó verla completa, solo fragmentos, siempre los mismos ocho o nueve compases finales tocados una y otra vez con variaciones mínimas, tenía una estructura que cualquier alumno de armonía reconocería y que sin embargo, en sus manos, se volvía irreconocible, una progresión que se acercaba a la tónica con toda la lógica del mundo y que, en el último instante, antes de resolver, se desviaba, encontraba un acorde vecino, una disonancia que pedía seguir, y seguía. Cuando le pregunté qué quería decir con lo de bajarse, me contestó que hacía treinta años que buscaba el acorde que cerrara la frase y que cada acorde que probaba, por más correcto que fuera en el papel, le sonaba a mentira, a resolución impostada, a un final que no era el final sino apenas el lugar donde él, cansado, había decidido dejar de buscar.
Yo lo entendí demasiado bien, y ese fue mi error, o mi condena, porque hay una zona de la composición, lo sé por experiencia de segunda mano, por los alumnos brillantes que vi pasar por el conservatorio mientras yo hacía escalas, donde uno deja de escribir la obra y la obra empieza a escribir a uno, donde el compositor se convierte en el material que la pieza necesita para completarse. Esa zona, que en el artista sano dura el tiempo de una crisis creativa, en Attilio se había vuelto domicilio permanente, cárcel con vista al teclado.
Empezó, en las sesiones, a confundir categorías, que es mucho más terrible que delirar, me decía cuando modulé a lo de mi hermana en vez de cuando me mudé, me decía que su matrimonio había sido una anticipación que nunca resolvió en la tónica esperada. Una tarde, la penúltima que lo vi, me dijo algo que anoté textual porque supe, en el momento mismo de escucharlo, que no iba a poder olvidarlo, doctor, dijo, yo ya no sé si estoy componiendo el final o si el final me está componiendo a mí, buscando en mi cuerpo el acorde que le falta. Cuando le pregunté si sentía que la pieza quería terminar, me miró con una lástima que todavía me duele y me dijo que no, que la pieza no quería terminar nunca, que terminar era morir para una obra y que por eso mismo se resistía, con toda la inteligencia que él le había dado, a dejarlo ir a él antes de encontrar su propia salida.
Empecé, por esos días, a notar algo en mí que no le confesé a nadie, ni siquiera a la supervisión, ni siquiera ahora me resulta fácil decirlo en esta cinta que tal vez nadie escuche. Volví a sentarme al piano después de años, volví con la excusa de entender mejor a mi paciente, de ponerme en su lugar, de tocar yo mismo esos ocho o nueve compases que él me había mostrado para saber desde adentro qué se sentía buscando esa cadencia esquiva. Y la busqué, probé acordes durante semanas, en mi casa, de noche, con la sordina puesta para no despertar a nadie, y cada acorde que probaba me sonaba, también a mí, a mentira. Empecé a entender, con un miedo que no había sentido en toda mi carrera, que la frustración de no haber sido virtuoso, esa herida vieja que yo creía cerrada desde el recital a medio llenar, había encontrado en la obra de Attilio el terreno exacto donde volver a abrirse.
Debería consignar acá una tercera entrevista, con su fecha, con su motivo de consulta, con su impresión diagnóstica, porque así se hacen las cosas y así las hice durante veinte años sin necesitar pensarlo. Lo intento ahora y no puedo, pruebo empezar, “tercera entrevista, el paciente refiere”, y la frase se me deshace en la boca, se va, como se va un acorde cuando uno levanta el pedal antes de tiempo. Y lo que queda no es un legajo sino esto, esta voz mía hablándole a una cinta como si la cinta fuera el único oyente capaz de tolerar lo que ya no cabe en ningún formulario.
La última vez que lo vi no fue en el consultorio, fui a su departamento porque había dejado de atender el teléfono, y la puerta estaba apenas cerrada, como suelen estar las puertas de quienes ya no esperan visitas ni las temen. Adentro sonaba el piano, muy bajo, unos compases que reconocí enseguida, los mismos de siempre, la misma aproximación a la tónica que se desviaba en el último instante.
No había nadie sentado al piano, y quiero ser honesto en esta cinta aunque nadie más que yo la escuche, y digo esto sabiendo lo que dice de mi estado, las teclas se movían, muy despacio, como las mueve una mano que ya no tiene apuro. Sobre el atril había una partitura que reconocí sin haberla visto nunca completa, la letra de Attilio, apretada, nerviosa, corriendo hacia un final que ocupaba la última página entera. Me acerqué, y los compases finales estaban escritos, por primera vez, hasta el fondo, y la cadencia, esa cadencia que él había perseguido durante treinta años, estaba ahí, resuelta, simple, casi obscena de tan simple, una tónica llana como cualquier tónica de cualquier villancico de escuela primaria. De Attilio no encontré rastro, ni en el dormitorio, ni en el baño, ni en el balcón que daba a un pulmón de manzana silencioso.
Antes de sentarme, mientras seguía con los ojos esa última página, noté algo en el sujeto de la fuga, ese breve tema que vuelve una y otra vez disfrazado de sí mismo, y que Attilio, en alguna sesión que ahora no logro fechar, había llamado, con el orgullo raro de los que nombran a sus hijos, “el sujeto que me persigue”. Ahí, leyendo las notas como quien lee una letra que tarda en revelarse, me encontré leyendo mi propio nombre, o el principio de mi propio nombre, la ese, la a, la re bemol que en la vieja notación alemana es un sonido y una letra a la vez, y no sé si esas notas estaban ahí desde el primer compás que Attilio escribió a los diecinueve años o si aparecieron esa noche, para mí, como aparece un nombre propio en un sueño ajeno. Desde ese instante ya no puedo asegurar con qué manos seguí leyendo la partitura, si con las mías o con las que el sujeto de la fuga venía buscando desde hacía treinta años.
Ya no busqué más, y me senté al piano, no sé cuánto tiempo. En algún momento, sin decidirlo, mis manos tocaron esos compases finales, la resolución que él por fin había encontrado, y sentí, apoyando el último acorde, un alivio que no era mío, que le pertenecía a otro cuerpo que ya no estaba ahí para sentirlo.
Lo que no puedo decir en un informe, lo que solo esta cinta va a guardar, es que desde esa tarde no puedo sentarme al piano sin que la mano se me vaya sola hacia esos compases, hacia esa tónica que ahora conozco de memoria. Cada vez que pasa me pregunto, con los dedos todavía apoyados en las teclas, temblando, si soy yo el que toca o si, después de todo, la pieza encontró finalmente el cuerpo que necesitaba para terminar de cerrarse, y ese cuerpo, sospecho cada noche con más certeza, nunca fue enteramente el de Attilio Scarlassi.
Corto acá, que alguien apague la cinta.
