algo supuestamente divertido que jamás volveré a hacer

«Reseña»

Es la primera vez que leo a Wallace, y quizás por eso el libro todavía no terminó de acomodarse, sigue en un estado raro de apertura, como cuando una canción nueva te agarra antes de que el oído la domestique y todavía duele en los lugares exactos.


Algo supuestamente divertido que jamás volveré a hacer es de 1997, reúne siete ensayos de la primera mitad de la década del noventa, y produce, si uno lo lee acá, en Argentina, en este momento particular de la historia, una sensación que no es exactamente identificación y tampoco es distancia, sino algo más incómodo, algo parecido a leerse a uno mismo en un idioma que no es el propio y entender igual.


Lo que Wallace diagnosticaba en la televisión americana de los noventa, esa maquinaria de distancia que convierte cualquier emoción en material para el chiste antes de que termine de formarse, es exactamente lo que el meme porteño hace todos los días con una eficiencia que da un poco de miedo, el ajuste se convierte en meme, el dólar se convierte en meme, el ministro de economía se convierte en meme, la propia crisis se convierte en meme, y debajo de esa capa de joda constante y brillante y a veces genuinamente graciosa, hay algo que no
termina de decirse, una emoción sin nombre que el chiste protege pero también tapa.


La ironía, dice Wallace, dejó de ser una elección para convertirse en una trampa. Uno lee eso en un mate de la tarde y piensa que está describiendo Twitter en argentino.


Pero acá pasa algo que Wallace no podía ver porque estaba mirando para otro lado.


Fontanarrosa construyó una carrera entera sobre la joda, cuarenta años de humor de precisión quirúrgica que podían desmantelar cualquier solemnidad, y sin embargo había momentos en que el registro cambiaba solo y sin aviso, cuando hablaba de Rosario Central con una seriedad que dejaba a todo el mundo callado, no porque fuera solemne sino porque era verdadera, la diferencia que a veces cuesta distinguir, y en sus últimos años, cuando la enfermedad le fue quitando el movimiento primero y después la palabra, siguió dibujando, siguió yendo a la cancha, siguió siendo reconocible en cada trazo, sin convertir el propio deterioro en material para el chiste, sin ponerse por encima de lo que le estaba pasando, simplemente en ello, que es quizás la forma más difícil de la sinceridad.

No era el primero en hablar en serio. La tradición de Discépolo y Manzi es la de un país que se permite la exposición máxima en la canción, que convierte en milonga lo que en la calle no puede decirse, el dolor, la nostalgia, la derrota, todo sin mediación ni guiño, con esa franqueza que en el tango no suena cursi sino justa, como cuando Discépolo dice siglo veinte, cambalache, problemático y febril y no está siendo irónico sino furioso, que no es lo mismo, que es exactamente lo contrario. El tango es Argentina sincera antes de que la ironía existiera como modo de vida, y quizás por eso siempre suena un poco anacrónico, como algo que viene de un tiempo donde todavía era posible hablar en serio sin que nadie se riera.


Y está también Gelman, que escribió toda su obra sin escudo, con la materia prima expuesta todo el tiempo, el amor y el duelo sin mediación, los poemas de Gotán que acumulan preguntas sin respuesta con una paciencia que no es resignación sino la forma que tiene la sinceridad cuando decide no apurarse, y que quizás por eso siempre pareció ligeramente fuera de lugar en una cultura que prefería la distancia, un anacronismo necesario, la prueba de que se podía.


En el ensayo sobre el crucero, el último y más famoso del libro, Wallace documenta con una minuciosidad casi clínica lo que le pasa al cuerpo y a la mente cuando una industria entera se organiza para eliminar cualquier fricción posible, para satisfacer cualquier deseo antes de que uno sepa que lo tiene, para convertir la experiencia en un producto tan pulido que ya no roza nada, y lo que descubre es que esa ausencia de fricción no produce placer sino una angustia específica, la de estar vivo sin nada contra qué estar vivo, el lujo total como antesala del vacío. Uno piensa en el Mundial en Estados Unidos, en los precios de FIFA, en las entradas que arrancaban en sesenta dólares y trepaban hasta cifras que sería obsceno transcribir, en las butacas vacías de los primeros partidos pese al discurso oficial sobre el agotamiento de localidades, la maquinaria de la diversión obligatoria produciendo exactamente el malestar que prometía resolver, la fiesta tan bien organizada que nadie
puede entrar.


Y sin embargo, Argentina jugó igual, y la gente lloró igual.

Ahí es donde el argumento de Wallace se tuerce de una manera que él no anticipaba, porque el libro termina con una especie de mandato implícito, que la literatura del futuro va a tener que encontrar una forma de ser sincera sin caer en la ingenuidad, de abandonar la ironía como postura sin volver al sentimentalismo que la ironía vino a reemplazar, de decir algo en serio sin que el gesto se caiga, y uno lee ese mandato y piensa que Argentina no necesita que la literatura lo resuelva porque ya lo resolvió por su cuenta, de manera precaria e impredecible y sin ninguna garantía de que dure, pero lo resolvió.


Porque hay algo que este país hace que ninguna maquinaria de entretenimiento pudo domesticar todavía, que es abrir una grieta en el blindaje con una regularidad asombrosa y cada vez de manera distinta, el día que ganamos el Mundial en Qatar y la gente en la calle lloraba sin ninguna ironía disponible, sin un solo gesto de distancia, entregada completamente a algo que no sabía cómo nombrar pero que sentía como real, y el día que se murió el Indio Solari y toda una calle cantó bajo la lluvia sin que nadie se riera de nadie, sin el guiño, sin el meme, con esa seriedad que solo aparece cuando el folklore lo habilita, cuando el ritual lo convoca.


Y quizás eso es lo más honesto que se puede decir sobre la sinceridad en este país, que no es un estado permanente sino una interrupción, que no es una forma de vida sino una ráfaga, que existe de manera más real y más intensa justamente porque no dura, porque sabe que no puede durar, porque el blindaje vuelve y el chiste vuelve y la ironía vuelve pero el momento existió y dejó algo, un rastro, una temperatura que la joda de la vuelta no logra del todo borrar.


Wallace escribió sobre el crucero con humor negro y con una especie de desesperación de fondo que el humor no terminaba de cubrir, y la pregunta que recorre el ensayo sin declararse nunca del todo es si hay algo en la experiencia humana que resista la maquinaria, si hay algo que no se pueda gestionar ni satisfacer ni convertir en producto, y la respuesta que da de manera oblicua es que sí, pero que ese algo es la muerte, el cuerpo que se marea y envejece y no responde al servicio personalizado, el límite que ninguna tarjeta de bienvenida en el camarote puede disolver.


Lo que Argentina agrega a esa respuesta es que no hace falta llegar hasta la muerte para encontrar eso que resiste, que alcanza con una canción que todo el mundo sabe de memoria, con un partido en el que todos apostamos aunque sepamos que la derrota es posible, con la voz del Indio en la lluvia, con Fontarrosa hablando de su club sin que nadie se anime a reírse, con cualquier grieta que se abra en el blindaje aunque dure lo que dura.

No es una solución. Es apenas una ráfaga, que es exactamente lo que Wallace pedía sin saber cómo pedirlo.