El último recipiente

Hubo un tiempo en que el mundo era el olor del pasto mojado a la madrugada, el peso frío del rocío en el cuerpo, algo cediéndome bajo los pies mientras corríamos, él y yo, en esa hora en que todavía no hay luz pero el aire ya sabe que va a haberla, y ese tiempo existe todavía en algún lugar de mí, en algo que alguna vez supo lo que era correr y que ahora no puede pero recuerda, de la manera en que recuerdan los cuerpos, que no es con palabras sino con una tensión sorda, con algo que se activa y no encuentra adónde ir.

Se fue y dejó su presencia en las cosas, en la madera áspera de la puerta, en las piedras del patio que el sol calentaba por las tardes, en los objetos que había tocado y que guardaban todavía la forma de ese contacto de una manera que no es visible pero que existe, y yo fui aprendiendo a leer esas superficies con paciencia, tratando de reconstruir de los objetos al hombre, de la huella al cuerpo que la hizo, y por un tiempo eso alcanzó, por un tiempo su presencia estaba todavía distribuida en la casa como una sustancia que se disuelve lentamente en el agua, que tiñe todo antes de desaparecer.

Pero las cosas también olvidan, a su manera, y lo que quedaba de él fue cediendo ante lo que vino después, el ruido y el movimiento y el peso de los que ocuparon su lugar sin ocuparlo, y llegó un momento en que tuve que ir más adentro de mí mismo para encontrarlo, un momento en que su rastro ya no estaba en las piedras sino solo en mí, en algún lugar que no es exactamente la memoria sino algo más antiguo, algo que los cuerpos guardan sin saber que guardan, sin poder explicar por qué ciertas cosas permanecen cuando todo lo demás se ha ido.

Los que vivían en la casa fueron dejando de decir su nombre, no de golpe sino de la manera en que se pierden las costumbres, por desgaste, por olvido, por la presión de lo inmediato sobre lo que ya no está, y hubo un día que no supe identificar pero que ocurrió en que me di cuenta de que yo era el único lugar donde ese hombre todavía existía, el último recipiente de algo que el mundo había decidido vaciar, y esa comprensión no llegó como un dolor sino como una especie de peso nuevo, un peso que se instala y del que uno aprende a no hablar porque no hay con quién.

Me quedé en el umbral porque el umbral era el lugar desde donde se veía el camino, y el camino era lo único que conectaba este lugar con el lugar donde él estaba, donde fuera que estuviese, y yo no podía seguirlo pero podía mirarlo, podía mantener abierta esa línea entre su ausencia y mi espera, y los años me fueron encontrando ahí, en el mismo sitio, cada vez más quieto, cada vez más cerca del suelo, el cuerpo entero volviéndose una cosa lenta y pesada pero que todavía distinguía, que todavía sabía lo que buscaba aunque ya no pudiese ir a buscarlo.

Hoy cruzó el umbral un hombre viejo y encorvado, con el andar de quien ha caminado más de lo que ningún cuerpo debería, y los que estaban en el patio no le dieron importancia porque los que estaban en el patio miraban las formas y las formas habían cambiado, pero yo guardé todos estos años algo que las formas no pueden alterar, algo anterior a la guerra y al mar y al tiempo, y lo reconocí desde lejos, antes de que llegara, antes de que pudiera verme, con esa certeza sin nombre que no necesita confirmación porque es más antigua y más segura que cualquier argumento.

Él me miró un instante, solo un instante, con los ojos del color de alguien que ha aprendido a no mostrar lo que siente, y siguió, porque tenía que seguir, porque había una guerra adentro esperándolo también, y entonces cerré los ojos, sintiéndolo irse, liviano, como se va el humo cuando el fuego ya cumplió su trabajo.

Moví la cola una vez, que era todo lo que me quedaba, y morí.

Me llamo Argos, y esperé veinte años.