Por la mañana decidió que era suficiente.
No de manera dramática. Sin golpear la mesa, sin discurso interior. Lo decidió como se decide cambiar de vereda: con el cuerpo antes que con la cabeza. Se levantó antes de que sonara el despertador, se duchó con agua fría, preparó café sin azúcar. Pequeños actos de resistencia, casi militares. Pensó: hoy voy a estar bien.
Afuera el sol tenía esa calidad extraña de los días de semana, una luz que no convida sino que exige. Caminó despacio, con una atención deliberada que le resultaba nueva o quizás olvidada. Notó los árboles, las baldosas rotas, un perro durmiendo contra una pared con una paz que le pareció casi ofensiva. Pensó que hacía tiempo que no miraba las cosas. Que el problema había sido ese: no mirar. Como si el cansancio fuera solo una cuestión de dirección de los ojos.
En el trabajo saludó a los colegas con algo que quiso que fuera una sonrisa. Respondió correos. Tomó otro café. Hubo una reunión que duró lo que duran las reuniones — demasiado — y en algún momento, a mitad de una oración que no era suya, sintió que su propio nombre le sonaba raro, como una palabra repetida hasta perder el sentido.
Al mediodía salió a caminar. Quería aire, quería movimiento, quería esa sensación elemental de ser un cuerpo que avanza en una dirección. Caminó diez cuadras, quince. En algún punto dejó de contar porque contar requería algo que no tenía. Las calles se fueron volviendo menos conocidas o quizás demasiado conocidas. Había algo en las fachadas, en el color particular del cemento, que era familiar de una manera que no lo consolaba sino que lo inquietaba levemente, como reconocer una cara sin recordar de dónde.
Por la tarde trató de leer. Las palabras entraban pero no se quedaban, resbalaban como agua sobre una superficie que ya estaba empapada. Cerró el libro. Lo abrió en otra página, como si el problema fuera local. Lo cerró. Miró el techo un rato largo. El techo no le devolvió nada.
A las seis decidió salir a tomar algo. Sentarse en un bar, pedir una cerveza, mirar pasar a la gente desde adentro. Eso, pensó, eso iba a alcanzar. Había en ese plan una lógica que todavía lo sostenía: que el afuera podía hacer algo que el adentro no podía. Encontró un lugar con la luz justa, ni demasiado oscuro ni demasiado expuesto. Se sentó junto a la ventana. Esperó al mozo con una paciencia que no era virtud sino agotamiento. Cuando llegó la cerveza estaba fría y él pensó, con una claridad que casi le dolió, que era exactamente lo que necesitaba.
Afuera llovía un poco. Esa lluvia que no moja sino que recuerda.
Estuvo sentado hasta que ya no tuvo razones para seguir estándolo. Pagó, dejó propina, salió. Las calles estaban quietas bajo la llovizna. Metió las manos en los bolsillos. Caminó sin apuro, sin destino preciso, con esa libertad que a veces se parece demasiado a la derrota.
En alguna esquina se detuvo. No supo bien por qué. Había algo en el aire, en la disposición de las cosas, que lo hizo quedarse quieto un momento. Un perro dormía contra una pared con una paz que le pareció casi ofensiva. Las baldosas rotas. Los árboles.
Pensó que hacía tiempo que no miraba las cosas.
Que el problema había sido ese: no mirar.
Por la mañana, decidió, iba a ser suficiente.
