K. había dejado de padecer hacia finales de octubre, sin que mediara ningún acontecimiento particular. Los médicos no encontraron nada. Su terapeuta, después de tres sesiones, le sugirió que quizás esto era el objetivo del tratamiento, y K. no supo cómo explicarle que no era eso lo que había buscado. Salió del consultorio, caminó hasta su apartamento, y al llegar acomodó el cuaderno en el centro exacto del escritorio. Era un cuaderno de tapa dura, negra, sin inscripciones. Lo había comprado años atrás para un proyecto que nunca comenzó. Ahora lo usaba para otra cosa.
Cada noche K. se sentaba frente al escritorio. Primero acomodaba el cuaderno. Después la lapicera, a la derecha, paralela al borde. Después la hoja, a la izquierda. El orden de los objetos era siempre el mismo y K. había llegado a ese orden sin deliberación, como se llega a los hábitos que duran. Una vez dispuesto todo, miraba la hoja. La hoja permanecía en blanco. Lo que había cambiado no era la hoja sino algo en la manera en que K. la miraba: sin la antigua tensión que él había confundido durante años con el acto de escribir.
En noviembre intentó recuperar algunos miedos específicos. Revisó deudas, relaciones interrumpidas, una carta sin respuesta de hacía dos años. Nada produjo el efecto esperado. Esa noche abrió el cuaderno y escribió con letra pequeña y regular: noviembre: sin efecto. Cerró el cuaderno, lo reubicó en el centro del escritorio, y fue a preparar el café.
En diciembre probó con el insomnio. Se acostó tarde, dejó las ventanas abiertas al frío, bebió café a las once de la noche. Durmió siete horas. En enero leyó a autores que antes le generaban una envidia productiva. Los encontró buenos. En febrero dejó de leerlos. Cada experimento quedaba registrado en el cuaderno con la misma letra, el mismo margen, la misma distancia entre entradas. K. notó en algún momento que el cuaderno estaba adquiriendo una regularidad que la hoja nunca había tenido, y anotó esa observación también, sin extraer ninguna conclusión.
Hubo una semana en que creyó haber encontrado algo: una irritación leve, casi imperceptible, provocada por el ruido de los vecinos del piso de arriba. Se sentó frente a la hoja con esa irritación todavía fresca. Escribió cuatro líneas. Las releyó. Eran correctas. Las rompió. Esa noche, antes de dormir, abrió el cuaderno y escribió: irritación: insuficiente. Consideró agregar algo más pero no encontró qué. Cerró el cuaderno. Durmió bien.
El verano llegó sin que K. lo hubiera previsto. Salió a caminar. El barrio le resultó familiar de una manera que no le exigía nada: las mismas fachadas, los mismos árboles, el mismo quiosco en la esquina donde compró agua sin intercambiar más palabras que las necesarias. Volvió a su escritorio. Acomodó el cuaderno, la lapicera, la hoja. Miró la disposición de los objetos y tuvo la sensación, no desagradable, de que ese orden era una forma de declaración.
Esa noche durmió bien.
En marzo anotó en el cuaderno: sin novedades. En abril escribió lo mismo. Consideró si esa repetición constituía una forma de escritura y concluyó que no, pero la anotó de todas formas.
Un amigo escritor lo visitó a principios de mayo. Le preguntó en qué estaba trabajando. K. le explicó la situación con precisión. El amigo lo escuchó, sirvió más vino, y dijo que eso sonaba a bloqueo. K. no lo corrigió. Bloqueo era una palabra que la gente entendía y que además tenía cierto prestigio. Mientras el amigo hablaba, K. notó que la lapicera había quedado levemente desplazada del borde del escritorio. Esperó a que el amigo terminara la frase, se levantó, y la acomodó. El amigo no lo comentó. K. volvió a sentarse. Dejó que su amigo se fuera creyendo lo del bloqueo.
En algún momento de ese período una mujer le escribió un mensaje que requería respuesta. K. lo leyó, consideró las posibles respuestas, y eligió la más correcta. La envió sin demora. Ella respondió. Hubo tres o cuatro intercambios más, todos razonables. Después el silencio, que tampoco lo perturbó. Abrió el cuaderno y escribió: intercambio: concluido. Cerró el cuaderno y lo reubicó.
Intentó el dolor físico: caminatas largas, una muela que postergó atenderse dos semanas. La muela dolió de manera puntual y sin resonancia literaria. Se la atendió un martes por la mañana y por la noche volvió a sentarse frente a la hoja. Acomodó los objetos. Esperó. Nada.
Junio fue idéntico a mayo salvo por el frío.
A principios de julio K. recibió un llamado de una persona con quien no hablaba desde hacía más de un año. La persona le propuso encontrarse. K. escuchó, dijo que lo consideraría, y al colgar abrió el cuaderno. Miró la página en blanco. Tomó la lapicera. La apoyó paralela al borde, sin escribir nada. Después cerró el cuaderno y lo dejó en el centro del escritorio. No llamó.
A veces K. pensaba que del otro lado del umbral había algo: la neurosis, la hoja llena, la voz que había tenido. Otras veces pensaba que no había nada, que el umbral era todo lo que quedaba. El cuaderno estaba casi lleno. Había comprado uno igual, de tapa dura, negro, sin inscripciones, que esperaba en el cajón superior del escritorio.
Siguió sentándose cada noche. La hoja lo esperaba. Afuera llovía o no llovía.
Una noche de julio K. se sentó, acomodó los objetos, y notó que ya no miraba la hoja con esperanza ni con resignación sino con algo que se parecía al reconocimiento. Como quien mira una galería que siempre estuvo ahí. No escribió nada. A las once se levantó, lavó los platos. Antes de salir de la habitación volvió al escritorio y revisó que el cuaderno estuviera en el centro exacto. Estaba. Pensó vagamente que al día siguiente volvería a intentarlo.
