Visto
La Circular 212 de la Comisión Permanente de Concordancia Fáctica llegó a Mesa de Entradas un martes o un miércoles (los días, en el Archivo, se anotan pero no se distinguen) y dispone que todo expediente que contenga dos versiones incompatibles de un mismo día sea rectificado a un asiento único dentro de los treinta días hábiles, bajo apercibimiento de lo que la Comisión llama, con una delicadeza que nunca me tranquilizó, pérdida de la facultad de esperar. En el uso local es la forma de la muerte civil. Se la aplicó a tres vocales en el año del sumario, y ninguno volvió a pedir un formulario.
El nombre que consta en las planillas de turno es el de archivista, y a ese me atengo. Tengo a mi cargo la Sección Rectificaciones desde hace once años y leí la circular con la resignación con que se lee el aumento de una tasa, hasta llegar al anexo, que enumera los expedientes alcanzados. El 4471 figuraba en la lista. Lo conocía de oídas, como se conoce a los parientes que murieron antes de que uno naciera.
La circular la firmaba Quiroga-Anaya, presidente interino de la Comisión desde hace treinta y un años, cuya doctrina, que repite en cada considerando, es que debe existir un solo presente para todos, compartido y verificable. No tengo opinión sobre la doctrina. Tengo treinta días.
Del expediente
El 4471 no estaba en su lugar. Lo busqué en el estante 12 (Litigios Domésticos) y no estaba, y lo busqué en el índice y tampoco, porque el índice no admite, desde la reforma de Lescano, la letra con que alguien, por una errata que ningún cuidado posterior pudo disimular, había terminado su signatura. Lo encontré por la humedad, que ha sido siempre el modo en que el Archivo se manifiesta ante quienes lo sirven. Había corrido en un ángulo del estante 31 la tinta de un lomo, y la mancha tenía la forma, o yo se la di, de una Ñ. El legajo 4471-Ñ estaba entre dos cuadernos de Pluviometría Doméstica. Lescano, en su Tratado sobre la custodia de lo sucedido (Santa Fe, 1931), había suprimido esa letra por considerarla, según una frase que se le atribuye sin certeza, una letra que promete más de lo que clasifica. Me pareció que acababa de comprobarlo.
Los hechos del expediente son conocidos en el oficio. Una pareja de la calle Las Rosas (la dirección consta, aunque el nombre de la calle ha variado en las versiones posteriores) había producido, sin proponérselo, dos tardes incompatibles en una misma cocina. En una de ellas él volvía a su casa a las nueve y murió en el cruce, a media cuadra de la puerta. En la otra llegó. Ambas tenían los mismos dos testigos y habían dejado sobre la mesa los mismos platos, servidos y fríos en la una, lavados y guardados en la otra. A estas tardes se las llama acuses desde el reglamento de 1887, que obligaba a tener por recibido lo que el remitente declaraba haber enviado, y que nadie derogó porque nadie advirtió que era una teoría de la realidad. Un acuse es lo que alguien espera con tanta convicción que termina por tenerse por recibido. Deja huellas, exige trámites y es capaz de vaciar una casa. El primero que consta fue una lluvia, y de ahí que cada casa lleve su cuaderno de Pluviometría Doméstica, con una columna para lo esperado y otra para lo caído, a fin de saber cuánto de lo que sucede lo puso la casa.
El archivista de entonces, que ya se había jubilado cuando yo ingresé, resolvió el caso clasificando las dos tardes en estantes contiguos bajo una misma signatura con sufijos distintos, de modo que quien buscara una hallara inevitablemente la otra. Era una solución elegante y, desde la circular, ilegal, porque dos estantes contiguos son dos asientos. Dicen que la pareja se separó sin que ninguno supiera cuál de las dos tardes lo había causado, aunque ella siguió viviendo en la que él había muerto y él en la que había llegado, y una cocina no admite las dos. Dicen también que el archivista fue el único que lloró. Consta en una nota al margen, en la letra inclinada y regular de los copistas de turno, que dice solamente «no sé cuál». No me atrevo a juzgarla apócrifa. Los copistas terminan escribiendo todos con la letra del último que los formó, y la nota se parece a mi letra más de lo que me conviene.
El expediente tiene, además, errores, y no de los que se corrigen con un sello. La hoja 3 fija el cruce a las ocho y diez, hora en que él, según las demás, estaba todavía en la oficina. La hoja 5 asienta los platos como servidos y fríos en las dos tardes, de modo que en la tarde de la llegada nadie habría cenado. La hoja 8 está numerada dos veces. En un expediente de esta clase cada error es un argumento. Quien quiera rectificar a favor de la tarde de la llegada puede apoyarse en la hoja 3, que ya movió la muerte a una hora imposible. Quien quiera rectificar a favor de la tarde de la muerte puede alegar la hoja 5, que deja sin cenar a un hombre que llegó.
Del mostrador
La Comisión admite que los interesados sean oídos antes de la rectificación, lo que en la práctica significa que se los cita a un domicilio que ya no es el suyo. Ella vino igual, como vienen quienes están esperando desde antes de la notificación. Era una mujer de abrigo claro que se sentó antes de que le ofrecieran la silla, y traía en un sobre su copia del acuse, la del sufijo a, gastada en los pliegues. Declaró que había esperado que él llegara y que había puesto la mesa para dos. Le contesté que su espera constaba, y que constaba además una muerte, en la hoja 3, aunque a una hora imposible. Dijo que la hora no le importaba. Dijo que había esperado que llegara y había esperado también lo otro, las dos cosas a la vez, y que las dos habían pasado. Anoté la declaración, que es lo que se hace con las declaraciones. Al irse, sin que yo se lo preguntara, agregó que lo primero lo había pedido ella, y que haber esperado también lo otro era lo que no se perdonaba.
Él compareció un jueves o un viernes, y su copia, la del sufijo b, estaba casi sin doblar. Declaró que lo único que recordaba con exactitud era que quería llegar a su casa. Lo demás no. No recordaba si había llegado. Le dije que constaban las dos cosas, que había llegado y que no. Observó que debía ser eso lo que pasa cuando se quiere algo tanto, que después no se sabe, y miró la ventanilla como se mira un cuadro en una casa ajena.
Ninguno de los dos preguntó por la versión del otro, que es lo único que me pareció verdaderamente importante, y lo anoté en la columna de observaciones, que no se lee.
De la rectificación
Al vigésimo octavo día hábil yo no tenía rectificación. Tenía dos tandas de razones que se anulaban entre sí y la sospecha de que mi oficio consistía en elegir si un hombre había llegado o no a su casa.
Fue entonces cuando encontré la hoja 12. No figuraba en el foliado, que llega a la 11, y la habría pasado por alto si la humedad no la hubiera pegado a la contratapa. Estaba escrita en la letra inclinada y regular de los copistas de turno, y la fecha, que verifiqué dos veces, era de tres días después. Decía, con la sequedad de las cosas escritas para quien ya sabe, que el archivista rectificaría a favor de la tarde de la llegada, por piedad con quien esperó, y que firmaría con tinta azul, un jueves.
Es verdad que lo había pensado. Lo había pensado esa mañana, en el colectivo, sin decírselo a nadie. La hoja 12 no me anticipaba, me delataba, y yo habría preferido una necesidad a una indiscreción. Pero el legajo se había equivocado en dos cosas que yo podía verificar. No tengo tinta azul, porque la Sección usa negra desde que se agotó una partida, no sé si en tiempos de Quiroga-Anaya o antes. Y el plazo vencía el miércoles, de modo que ningún archivista rectifica nada un jueves. Un legajo que se equivoca en el color de la tinta y en el día de la semana no es una necesidad. Es un expediente, y los expedientes se rectifican.
Releí la circular con ese ánimo. Exige un asiento único, no un relato único, y la diferencia, que durante veintiocho días no me pareció una diferencia, es la que Ibarguren señala en sus Comentarios al reglamento de 1887, cuando dice que el asiento no es lo que sucedió sino lo que puede constar. Lo que puede constar de aquellas tardes es poco, pero es verdadero. Los dos deseaban lo mismo, y de esa coincidencia habían salido dos tardes, que es un exceso de concordancia y no una falta. Redacté el asiento con la minucia con que se redacta una disculpa.
En la calle Las Rosas, en la fecha, un hombre murió y no murió. Se asienta la muerte hecha y la muerte evitada, que son una sola, y los dos deseos que las produjeron, el de llegar y el de que llegara, que eran uno. Los platos se asientan sin calificar. Se salva error u omisión.
Lo escribí con tinta negra el miércoles, antes de la hora de cierre. Al llegar a las palabras «el de llegar y el de que llegara» la tinta se corrió. Lo atribuí a la humedad, que ha sido siempre el modo en que el Archivo se manifiesta ante quienes lo sirven, y me quedé con la lapicera en la mano hasta reconocer que en el estante 31 no estaba lloviendo. El archivista de entonces había escrito «no sé cuál». Yo escribí que no hacía falta saberlo, y lloré, creo que por las mismas razones y por otras. Después lo firmé. Sobre la hoja 12 escribí al margen «salvo error» y la dejé donde estaba. No la destruí, porque no me pareció una contradicción que hubiera que refutar sino un papel que se había adelantado y, como casi todo en el Archivo, se había equivocado por poco. Que el legajo me creyera capaz de piedad pero no de técnica es lo único que me ofendió de él.
Resuelvo
Tener por cumplida la Circular 212. Notificar a los interesados. Archivar el expediente en Sucedidos Dudosos, sección Fervorosos, porque mi oficio no consiste en creer sino en ubicar.
El acuse de recibo de la Comisión llegó el lunes, con un sello y sin comentarios, firmado por Quiroga-Anaya en su carácter de interino. No sé si la Comisión entendió o no leyó, y en el Archivo ambas cosas se tramitan igual.
Ella volvió a retirar su copia y la leyó de pie. Preguntó por qué el asiento no decía si él había llegado. Contesté que decía que había muerto y que no había muerto, y que el Archivo no asienta razones sino mesas. Preguntó por los platos. Contesté que había platos. Se quedó un rato largo mirando la copia y después, creo, se rió, aunque en el Archivo cuesta distinguirlo del llanto, y a veces de la tos. Firmó el recibo. Él lo firmó el jueves siguiente, o el viernes, y no preguntó nada. Las dos copias dicen hoy lo mismo, salvo el sufijo, que dejé como estaba por no tener autoridad para quitarlo.
Constancia
Este informe, que terminé hoy, un martes o un miércoles, se deposita con el legajo en el estante 31, entre los dos cuadernos de Pluviometría Doméstica donde lo hallé, y lleva al pie la misma signatura, Ñ incluida, por una distracción que no corrijo.
El Archivo conserva de esos cuadernos, con admirable imparcialidad, las dos columnas, la de lo esperado y la de lo caído. Ibarguren señala que la primera supera siempre a la segunda y que a la larga la segunda tiende a alcanzarla. Los dos cuadernos que flanquean el 4471 son de la casa de Las Rosas. Lo advertí recién ahora, porque en el expediente nadie lo menciona, y porque es la clase de coincidencia que en el Archivo se atribuye a la humedad. Los cuadernos fueron pensados para la lluvia, pero una columna de lo esperado y otra de lo caído sirven igual para cualquier cosa que alguien espere y que caiga.
En el de ella, la columna de lo esperado dice, en la fecha, «que llegue», y la de lo caído dice «él». En el de él, la de lo esperado dice «llegar» y la de lo caído dice «nada». Ninguno de los dos miente. Mientras trabajé en el expediente, el lugar entre ambos cuadernos quedó vacío, de la exacta medida de un legajo, un lugar que alguien esperó con la suficiente convicción como para que existiera.
Postdata
Escribo esto después de haber depositado el informe, lo cual es una manera de hablar, porque la sucesión de los días ha dejado de ser un dato y se ha convertido en una opinión. He sabido que en los turnos de noche circula ya una copia y que se la cita, y que quienes la citan no la han leído, lo cual prueba que la leerán, o que ya la han leído. Se repite ya, atribuida a Ibarguren, la fórmula del asiento, la de que un hombre murió y no murió, y nadie la ha desmentido, porque desmentirla exigiría haberla leído. La nómina de la Comisión ha crecido, según mis cálculos, en razón directa de las lecturas, y no hay fundamento para suponer que se detendrá en los archivistas. Un presente único para todos es una proposición que, repetida con suficiente convicción, tiene la desgracia de poder cumplirse, y no se me ocurre calamidad mayor que obtener lo que se ha esperado de buena fe. Me consuela, en la medida en que la costumbre me lo permite, haber advertido hoy que en el estante 31 hay tres cuadernos de Pluviometría Doméstica donde antes había dos, y que entre el segundo y el tercero hay un lugar vacío, de la exacta medida de un legajo.
