La única puerta del departamento tenía marcos pero no puerta. En su lugar, un lienzo en blanco tensado sobre la madera, dividido en secciones numeradas con líneas tan finas que parecían capilares. Cada número correspondía a un color. Había un cuadro pintado en la pared, junto al lienzo, que mostraba cómo debía quedar: una figura humana caminando hacia afuera, hacia una calle, hacia algo que no era eso. Él no recordaba desde cuándo estaba ahí. Recordaba, sí, que en algún momento había habido una puerta de verdad.
Los pinceles estaban sobre la mesa. Los tubos de pintura también. Tomó el número uno — azul, según el cuadro — y apretó el tubo sobre la paleta. Salió algo. Un color que no era ningún color, algo entre el blanco y la ausencia de blanco. Lo aplicó sobre la sección marcada con el uno. El lienzo lo absorbió sin registrarlo, como si no hubiera pasado nada, como si él no hubiera hecho nada. Probó con el dos. Con el tres. Los colores eran siempre eso: una promesa de color que se disolvía en el momento del contacto. Estoy haciéndolo mal, pensó. Pero no había instrucciones sobre cómo hacerlo bien.
Pasó tiempo — no supo cuánto porque el departamento no tenía ventanas y el reloj marcaba siempre la misma hora — intentando entender el sistema. Si el error era técnico, podía corregirse. Si era de procedimiento, también. Empezó a tomar notas. Probó mezclar los colores de otra manera. Probó aplicarlos en distinto orden. Probó no pensar en lo que estaba haciendo mientras lo hacía, por si la conciencia del acto era lo que lo arruinaba. El lienzo seguía en blanco. En algún momento — tampoco recordaba cuándo — dejó de creer que el error era técnico. El error era él. Algo en él impedía que los colores prendieran, algo que no podía identificar porque no tenía forma identificable, no tenía nombre, no tenía fecha de origen. Soy culpable, pensó, sin poder terminar la oración. Culpable de qué era una pregunta que el departamento no respondía.
Hubo un período en que dejó de intentarlo. Se sentaba frente al lienzo y lo miraba. El lienzo lo miraba de vuelta con sus números, sus secciones vacías, su promesa de figura humana caminando hacia afuera. Comía — había comida, siempre había comida, eso nunca faltaba — y dormía y volvía a sentarse frente al lienzo. Pensó que quizás eso era suficiente. Quizás no había que pintarlo sino simplemente estar con él. Pero el lienzo seguía siendo la puerta. Y la puerta seguía siendo el único modo de salir.
Una mañana — una mañana arbitraria, elegida solo porque en algún punto el tiempo tiene que articularse en mañanas — agarró el lienzo por el borde superior. El bastidor era de madera liviana. Se resistió apenas, con esa resistencia de las cosas que nunca esperaron ser destruidas porque fueron hechas para durar. Lo arrancó de los marcos. El lienzo se rasgó en dos, después en más, un sonido seco y definitivo que llenó el departamento y después se fue. Debajo no había nada. No había una calle, no había otra habitación. Había la pared. Una pared lisa, sin marca, sin número, sin instrucción. Él se quedó parado con los pedazos en las manos.
Entonces miró hacia la derecha, donde siempre había estado el cuadro. La figura humana seguía ahí, caminando hacia afuera, hacia una calle, hacia algo que no era eso. La figura no tenía cara pero tenía dirección.
El cuadro no se había movido.
No tenía por qué moverse.
Él soltó los pedazos del lienzo.
El departamento siguió siendo el departamento.
