¿Cruzamos?

El piso después de la lluvia tiene una luz que no le pertenece. La toma prestada del cielo y la devuelve mal.

Caminé. Las ciudades se caminan aunque uno no quiera caminarlas, tienen esa exigencia silenciosa, ese ritmo que te toma antes de que decidas sumarte.

Una mujer cerraba un paraguas. El gesto era antiguo, el mismo gesto de siempre, como si cerrar un paraguas fuera algo que la humanidad lleva siglos perfeccionando sin terminar de lograrlo.

Me detuve en el semáforo. La gente esperaba con esa paciencia que no es paciencia, si no ausencia, los cuerpos de ahí, las cabezas en otro lado o en ninguno. Me pregunté si yo también tenía esa cara. No encontré razón para pensar que no.

El semáforo cambió. La masa se movió como una sola cosa que no sabe que es una sola cosa. Crucé con ellos. En algún punto del cruce perdí el hilo, no el hilo de algo sino el hilo en general, ese que uno lleva sin saber que lo lleva hasta que ya no está. Del otro lado seguí caminando pero era un caminar distinto, más parecido al de todos, menos mío o igual de mío que el de cualquiera.

Las fachadas mojadas. Un árbol que aún goteaba aunque hacía rato que no llovía. Una vidriera donde me vi pasar sin reconocerme del todo, solo el movimiento, solo esa manera de avanzar sin llegar.

La ciudad no me devolvió nada. Siguió siendo la ciudad, indiferente con esa indiferencia que no es crueldad, es algo peor, algo que no tiene nombre porque no está dirigido a nadie.

Después de un rato dejé de buscarme entre la gente.

No porque me hubiera encontrado.