No recuerdo la fecha exacta, ni siquiera si era martes o jueves. Debió ser una mañana cualquiera, con el tráfico firme y constante que entorpecía todo. Un camión de mudanzas bloqueaba la vereda, y esos hombres extraños cargaban cajas, muebles, guitarras enfundadas. Noté que Paulo no estaba. Paulo, el vecino con quien alguna vez intercambié un "Buenas tardes" seco, había desaparecido de mis atardeceres hacía unos días. Después de esa escena, su ausencia se hizo evidente: los sábados ya no llegaban esas guitarras, esos sonidos raros y nuevos que salían de su casa, esa música que mi padre escuchaba con desaprobación evidente, frunciendo el ceño desde el living. Nunca sospeché que el último disco suyo que oiría quedaría rebotando en mi cabeza como un eco persistente. Paulo fue un gran músico —quizá mi memoria esté sesgada ahora por el cariño póstumo—, pero su curaduría influyó en mi amor por la música. En noches tranquilas o en noches de angustia, vuelve On an Island, ese álbum con el que se despidió. El énfasis en "Take a Breath", en cada escucha de Pink Floyd que se colaba por la pared. Nunca lo conocí de verdad. Nunca aproveché la oportunidad de preguntarle algo, de cruzar más que un saludo. Hoy creo entenderlo, o al menos espero entenderlo. Hoy creo —o quiero creer— que algún día, sin saberlo, yo seré ese vecino algo molesto que inspira a un joven entusiasta a escribir una breve historia como esta: su historia. Lo único que rescato son esos discos. Reviviendo su música, siento que lo conozco de toda la vida.