OTRO DÍA EN EL PLANETA TIERRA MAR.17,26

DiarioAnedhonia

Hoy abrí un libro y lo cerré. Puse música y la apagué. Me senté frente a la ventana un rato largo sin mirar nada en particular. El mundo seguía haciendo sus cosas, los autos, la gente, el ruido de siempre, y yo estaba ahí como un muerto sin sepultura.

No es tristeza. La tristeza tiene una dirección, apunta hacia algo, duele de alguna manera reconocible. Esto es más parecido al silencio entre dos canciones que se extiende demasiado y en algún momento dejás de esperar que empiece la siguiente.

Busqué algo que querer. Revisé mis discos, mis libros, las conversaciones que quedaron a medias, las que terminaron del todo y todavía pesan sin que sepa bien por qué. Nada prendió. Es raro querer querer algo y no encontrar dónde enchufarlo.

Me cebé un mate. No porque lo quisiera sino porque era un movimiento posible, algo que las manos saben hacer solas cuando la cabeza no colabora. Lo tomé frío porque me olvidé de tomarlo. Me cebé otro.

Afuera era domingo a la tarde, que es el horario más honesto de la semana. El domingo a la tarde no finge, no promete nada, no dice que mañana va a ser distinto. Se queda ahí, quieto y un poco gris, como diciendo: esto también es parte. Yo también soy parte.

No sé qué esperar cuando esto pase. No sé si esperar que pase. A veces pienso que la intermitencia es lo que soy, no un estado sino la distancia entre dos estados, y que en esa distancia vivo, tomo mates fríos y miro por la ventana sin ver nada en particular.

Después de un rato abrí un libro. Lo cerré. Puse música.