Acuéstese temprano. Dígase que esta vez va a ser distinto. Ponga el teléfono boca abajo sobre la mesa de luz como quien planta una bandera. Cierre los ojos. Note que el silencio tiene un sonido: es el zumbido de todo lo que no terminó hoy. El informe. El correo que no respondió. El correo que respondió mal. Dé vuelta hacia la derecha, hacia la izquierda, quede boca arriba mirando el techo como si el techo fuera a darle algo. No le dará nada. Compruebe la hora: la una y cuarto. Piense: todavía es recuperable.
Haga el cálculo. Si se duerme ahora, cuatro horas y media. Si se duerme en veinte minutos, cuatro horas y diez. Aplique a esto una precisión que no le alcanza para ninguna otra área de su vida. Recuerde que leyó que con menos de seis horas el cerebro no consolida la memoria. Recuerde la presentación de mañana. Sienta que el corazón se le acelera de una manera que no es exactamente miedo pero se le parece. Alguien le enseñó una vez una técnica de respiración. Intente recordarla. No la recuerde.
Levántese. Vaya a la cocina. Encienda la luz mínima, la del microondas, porque la luz grande sería demasiado real. Apoye las manos sobre la mesada fría y mire los edificios de enfrente, las ventanas encendidas a esta hora, y pregúntese qué clase de insomnio tienen los otros, si hay jerarquías en el desvelo. Abra el teléfono solo para revisar si entró algo urgente. No ha entrado nada urgente. Sienta el pecho apretarse sin razón aparente. Cierre sus mensajes. Abra las noticias. Cierre las noticias. Quede con la pantalla encendida iluminándole la cara en la oscuridad, como una linterna apuntando hacia adentro.
Vuelva a la cama. Construya en su cabeza la lista perfecta de todo lo que tiene que hacer mañana, ordenada por urgencia, por tamaño, por el peso exacto de angustia que produce cada cosa. Sepa que no la recordará cuando amanezca. Pregúntese cuándo fue que ésta angustia empezó a ocupar este horario también: el de las tres de la mañana, el de los domingos, el de esa hora muerta entre la cena y el sueño en que antes leía, o miraba por la ventana sin pensar en nada particular. No encuentre una respuesta clara. Encuentre en cambio una serie de pequeños sí, pequeñas concesiones que juntas forman algo que no eligió del todo pero que tampoco sabe cómo deshacer.
Compruebe la hora: las cuatro y veinte. Sienta que a esta hora el mundo deja de fingir que todo está bien y usted puede, por un momento, hacer lo mismo. Piense en su cuerpo: la tensión entre los hombros, las ojeras que ya son permanentes. Recuerde que hace tres semanas le dijeron que tiene mala cara, que debería dormir mejor y usted dijo: «sí, claro» con la misma voz con que acepta todo lo demás. Entienda que «sí, claro» es la frase más costosa de su vocabulario. No deje de usarla.
Quédese en la oscuridad sin hacer nada, que es la cosa más difícil. Escuche algún auto, alguna sirena lejos, algún pájaro que sabe algo que usted no sabe. Piense, casi sin querer: en algún momento esto va a tener que cambiar. No sepa cómo. No sepa cuándo. Déjelo ahí, flotando, como una pregunta que por esta noche al menos no necesita respuesta.
Duérmase cuando ya no vale la pena.