Mató a un hombre. No lo planeó, pero eso no cambia nada — él lo sabe desde aquella noche, cuando vió que su amigo no se levantaba y el silencio de la calle se volvió distinto, más denso, como si el aire hubiera aprendido algo que él todavía no.
Corrió. No hubo deliberación alguna. Sus pies tomaron la decisión antes que él y el sonido de sus pasos lo persiguió durante semanas, multiplicado, como si algo lo siguiera sin prisa, sabiendo que no tenía dónde ir.
Esperó. Cada timbre era una citación con la justicia. Cada mirada sostenida, una acusación. Aprendió a leer el mundo como si fuera un expediente abierto sobre su nombre, a encontrar en cada detalle ordinario — un auto estacionado frente a su casa, una llamada sin respuesta, el encargado que tardó un día más— el anuncio de lo que ya vendrá.
La investigación se cerró. Se enteró por un suelto en la página ocho de algún diario que alguien había dejado en el banco de una plaza: no hay detenidos, sin líneas de investigación activas. Leyó el texto dos veces. Dobló el diario con cuidado y abandonó el lugar.
Pensó en la madre. En los que seguirían preguntando en voz baja, en reuniones familiares, durante años, sin que nadie pudiera responderles. En el lugar vacío que no cierra aunque el tiempo pase, aunque el expediente diga lo contrario.
Volvió a la esquina una noche de abril, no había una razón que pudiera nombrar. El farol era el mismo. El árbol torcido, el mismo. La vereda donde su amigo había caído, sin ninguna marca, sin ninguna señal de que algo trágico hubiera ocurrido ahí alguna vez.
En el poste de luz apareció una cámara nueva. Pequeña, negra, apuntando exactamente al lugar. Según el adhesivo en su base, había sido instalada por un nuevo plan de modernización de la infraestructura de vigilancia municipal. Alguién había llenado un formulario. Alguién lo había aprobado. Un técnico había venido un martes.
Se quedó mirándola un largo rato. Luego siguió caminando.