Ambos miran al cielo, hacia la derecha. Fruncen el ojo derecho y aprietan los labios, como si quisieran impedir que ese recuerdo encuentre escapatoria. La mirada divaga; cuando por fin llega la idea —o cuando finalmente se rinden—, la devuelven al remitente. Mientras arrastran las palabras, economizan el lenguaje en un trabalenguas de la memoria. Está, en ese gesto, la coreografía que comparten al recordar.