En algún lugar entre los dos ríos — ese espacio que la geografía ignora y la metafísica apenas se atreva a nombrar — existía un hombre cuyo oficio era el de músico. Ésta descripción es, como todas las descripciones, una forma conveniente de inexactitud: lo que él ejercía no era música en el sentido en que Pitágoras entendía la armonía de las esferas, ni tampoco en el sentido que lo entienden los conservatorios europeos. Era, más bien, una forma de gobierno disfrazada de arte.
Los agnósticos de Alejandría distinguían entre el músico que imita el orden del cosmos y aquel que lo impone. El segundo, afirmaban, no es artista sino un demiurgo. No es del todo improbable que el hombre de esta historia permaneciera en esa segunda categoría sin saberlo.
Su instrumento era un arpa. Con ella — con la inclinación de tal cuerda, con el silencio deliberado entre dos notas — decidía el cauce de los ríos. El río izquierdo, oscuro y paciente, llevaba lo que los vivos llaman memorias; el derecho, de una transparencia casi obscena, conducía algo que ningún testigo ha podido describir porque ningún testigo ha regresado. El músico tocaba y los ríos obedecían. Si esto lo perturbaba o lo enorgullecía, o si la distinción entre perturbación y orgullo había dejado de tener sentido para él, es algo que este relato no puede determinar con certeza.
Un día — si la palabra día conserva algún significado en un territorio donde la luz no varía y el tiempo es una mera costumbre sin sustento astronómico — llegó Caronte. No era la primera vez. Caronte era, en cierto modo, el único cliente fijo, el único que comprendía que aquella música no era decorativa sino estructural. Pero esa vez venía acompañado: una anciana de edad indeterminable, acaso centenaria, acaso anterior a toda cifra, estaba sentada en la popa con la compostura discreta de quien ha esperado tanto que la espera se ha vuelto su forma natural de existir. En su rostro no había resignación. Había algo más extraño: satisfacción.
Caronte extendió la moneda. Era el protocolo, la gramática mínima de ese intercambio que los griegos habían codificado y que los siglos habían vuelto automático. El músico la miró largo tiempo. Luego, por una razón que acaso no era razón sino algo anterior a la razón — un impulso, una piedad, una forma oblicua de reconocerse en esa anciana que esperaba sin urgencia — la rechazó con tres palabras: hoy no hace falta. Después tocó. Y los ríos, como siempre, obedecieron.
Caronte inclinó la cabeza. Era un gesto que en otro contexto hubiera parecido gratitud; en ese contexto era algo más ambiguo, un reconocimiento que podría haber sido también una evaluación. La barca partió hacia el río derecho. Y cuando la distancia entre ambos era ya irreversible, cuando el agua había consumado su veredicto, Caronte habló. Su voz no viajó por el aire si no por el agua, y llegó a la nitidez de las cosas que ya estaban dichas antes de ser pronunciadas:
—Pronto tú estarás en la barca. Cuando eso suceda, ¿quién tocará el arpa?