COMO TODOS

Llevaba semanas sin que nadie lo reconociera cuando esa mañana, en la esquina de siempre, vio al hombre en el suelo.

No era difícil verlo. Estaba sentado contra la pared con las piernas extendidas, la ropa en capas que ya no tenían color preciso, un cartón doblado bajo los muslos. Tenía la mano levantada — no para pedir, exactamente, sino de la manera en que se levanta una mano para detener algo, para que alguien pare un momento, solo un momento. La gente pasaba. Pasaban mirando el teléfono, mirando el suelo, mirando el punto fijo en el horizonte que la gente de las ciudades aprende a encontrar para no ver lo que no quiere ver.

Él también pasó.


No fue una decisión. Eso es lo que pensó media cuadra después, cuando se detuvo sin saber bien por qué. No había deliberado, no había pesado nada: sus pies simplemente siguieron el ritmo de los demás, el paso uniforme de la mañana, la corriente que arrastra sin preguntar. Igual que todos. Exactamente igual.

Se quedó parado en la vereda con la gente esquivándolo por los costados. Pensó en volver. Calculó los pasos — eran pocos, no era tarde todavía — y no volvió. Siguió parado, que era peor: ni el gesto de seguir ni el de regresar, solo ese punto muerto donde uno se descubre a sí mismo sin la coartada del movimiento.


Durante semanas había recorrido oficinas, había dicho su nombre en voz alta, había señalado su cara en espejos frente a personas que lo miraban sin encontrar nada. Había aprendido, de a poco, lo que significa no ser visto: la manera en que el mundo sigue su administración de las cosas sin registrar que uno está ahí, la cortesía fría con que la gente atiende a un desconocido y lo despacha. Creía que eso lo había cambiado. Creía que no poder existir para los demás lo había vuelto, al menos, más atento a los que tampoco existían.

Pero no. En la primera prueba concreta, pequeña, de costo casi nulo, había seguido caminando. No por maldad ni por prisa ni por ninguna razón que pudiera nombrarse. Simplemente porque era más fácil, porque el cuerpo ya sabía cómo hacerlo, porque así lo hacían todos y él, al final, seguía siendo parte de todos. El hombre de la esquina tenía la mano levantada y él había pasado, y eso era un hecho tan irreversible y tan silencioso como cualquier otro. Nadie lo había visto hacerlo. Nadie iba a pedirle cuentas. El mundo iba a seguir girando exactamente igual.

Eso era lo que no podía sostener.