Notas al margen del Códice de Antioquia. Friedrich Anselm Chatterwood, 1887. Publicado póstumamente en Theologische Quartalschrift, Tübingen, 1891.
En el otoño de 1879, durante mi segunda estadía en Alejandría, el anticuario Yusuf al-Masri me presentó un conjunto de folios coptos que había adquirido, según sus propias palabras, «de manos que preferían no ser nombradas, en una ciudad que prefería no ser señalada.» Reconocí de inmediato la mano del copista: la misma grafía angulosa, el mismo uso irregular del espacio entre líneas, que caracteriza los manuscritos atribuidos al scriptorium de Antioquia hacia finales del siglo II. El texto, que he llamado provisoriamente Códice de Antioquia a falta de un nombre mejor — el documento carece de título y de colofón —, no pertenece a ninguna escuela gnóstica que yo pudiera identificar con certeza. Es, en el mejor de los casos, una herejía sin nombre. En el peor, algo considerablemente más perturbador.
Dediqué los siguientes tres años a su traducción. No los menciono para reclamar mérito alguno, sino para explicar el estado en que me encuentro al escribir estas notas.
El texto central del Códice — que ocupa los folios 4 al 17, siendo los tres primeros ilegibles por deterioro — sostiene una proposición que sus autores anónimos desarrollan con una calma que yo no podría imitar: que la Encarnación no fue un descenso voluntario sino una trampa. No una trampa tendida por el Adversario, como afirmarían los dualistas vulgares, sino algo infinitamente más desconcertante: una trampa tendida por la propia creación. El Demiurgo habría construido el mundo como se construye un laberinto: no para retener a los hombres, sino para retener a Dios.
La argumentación es, debo admitirlo, de una elegancia que me resulta difícil de despachar.
Si Dios es omnipresente, razonan los autores, entonces está presente también en su creación. Si está presente en su creación, entonces la creación lo contiene. Si la creación lo contiene, entonces en algún sentido que excede nuestra capacidad de articulación, Dios es prisionero de aquello que hizo. La encarnación sería, en esta lectura, el momento en que esa prisión se vuelve visible: Dios tomando cuerpo es Dios reconociendo, por primera vez, los límites que su propia obra le impone.
Y la crucifixión — aquí los autores bajan la voz, o eso imagino; la caligrafía se vuelve más pequeña en el folio 11 — sería la culminación de esa lógica. No un sacrificio. No una redención. Sino el espectáculo de un Dios que no puede escapar.
Conviene detenerse aquí para considerar el contexto histórico, aunque hacerlo me resulta casi cómico a la luz de lo anterior.
En los mismos años en que ese manuscrito fue copiado, o compuesto, o ambas cosas, las comunidades que se reclamaban seguidoras de Jesús de Nazaret debatían con urgencia que hoy apenas podemos imaginar cuestiones de gobierno, jerarquía y autoridad. Ignacio de Antioquía — muerto hacia el 108, aunque la fecha es disputada — escribía sus cartas exhortando a la obediencia del obispo con una insistencia que delata cuánta resistencia encontraba. La figura del epískopos se consolidaba. Las comunidades dispersas comenzaban a entenderse como Iglesia, con mayúsculas, con estructura, con la capacidad de declarar qué era ortodoxo y qué no.
Es decir: mientras algunos copiaban en silencio este texto que imagina a Dios encadenado en su propia obra, otros construían, con admirable energía, una institución destinada a representarlo. Una institución con propiedades, con jerarquía, con la capacidad de excomulgar, de perseguir, eventualmente de hacer quemar. Una institución que en menos de tres siglos se sentaría a la mesa del Imperio que había crucificado a su fundador.
No señalo esto con escándalo. Lo señalo porque el Códice, curiosamente, lo anticipa. En el folio 14, en una línea que traduje cuatro veces sin estar seguro de ninguna versión, los autores escriben algo que podría leerse como: «El que es encadenado engendra encadenadores». O bien: «De la prisión nace el carcelero.» El copto es ambiguo, quizás deliberadamente.
Debo ser honesto sobre mis interpretaciones como intérprete.
Soy luterano. Creo, o he creído, en la gracia. He dedicado treinta y cuatro años al estudio de los primeros siglos del cristianismo con la convicción de que ese estudio fortalecería una fe que consideraba sólida. El Códice de Antioquia no ha destruido esa fe. Pero la ha complicado de maneras que no sé si podré resolver antes de morir.
Lo que más me inquieta no es la proposición central — la trampa, el laberinto — sino su consecuencia implícita, que los autores nunca formulan del todo y que yo tampoco sabré formular del todo. Si la crucifixión es el momento en que Dios reconoce que no puede escapar de su creación, entonces la resurrección — ese evento sobre el que reposa todo el edificio del dogma cristiano — debería ser leída como el momento en que sí escapa. La tumba vacía como la salida del laberinto.
Pero el Códice termina en la cruz. No hay resurrección en sus folios. No sé si porque los autores la rechazaban, o porque consideraban que la pregunta era más honesta que cualquier respuesta posible.
Deposito estas notas en manos de mis colegas de Tübingen con la esperanza de que alguien más dotado que yo pueda continuar el trabajo. El Códice se encuentra actualmente en mi biblioteca personal. He dispuesto en mi testamento que sea donado a la Universidad tras mi muerte.
No recomendaría su lectura a nadie que no esté preparado para una pregunta que no tiene la forma de una pregunta, sino de una imagen.
La de un Dios clavado a una madera, rodeado de hombres que ya planean el edificio que levantarán en su nombre.
Me pregunto, en mis noches menos tranquilas, si los gnósticos no tenían razón en lo único que importaba: que un Dios que no pudo escapar de su creación no es el Dios que ellos — que nosotros — buscábamos. Y si la herejía, en ese caso, no es la de ellos.
Sino la nuestra.
Tübingen, marzo 1887.