SIN TÍTULO I

Salí antes. No sé bien por qué, o sí sé pero es difícil de decir: algo en mí prefiere el tiempo entre los lugares al tiempo dentro de ellos.

Caminé por la Cañada hacia el centro. A esta hora el agua se ve turbia, llena de algo que el río fue juntando sin querer. Los autos de los dos lados. Los semáforos. Una señora con dos bolsas que esperaba en la esquina como si esperara algo más que el verde. No llegó nada más que el verde.

Doblé por una calle que no era la más directa. Después por otra. No me perdí — eso es lo importante, o lo que me digo: no me perdí, elegí. Hay una diferencia aunque desde afuera se vea igual. Aunque desde adentro, a veces, también se vea igual.

El centro a esa hora tenía demasiada gente yendo. Toda esa gente sabiendo adónde. Yo también sabía, técnicamente. Pero había algo en mi manera de ir distinta, una aguja que apunta casi al norte.

Pasé dos veces por la misma esquina. La segunda vez una paloma estaba donde antes no había nada. No me miró. Los animales urbanos aprendieron a no mirar a los que se detienen sin razón, deben saber que no tenemos nada para darles.

La luz de la tarde caía sobre los edificios con esa indiferencia que tiene la luz cuando no distingue entre las cosas que importan y las que no. Iluminaba igual una vidriera cerrada que una cara. Igual una cara que un muro.

Pero la ciudad de día no te regala ese tiempo sin cobrar algo. De día todo tiene testigos.

Llegué. Siempre se llega, ese es el problema.