Verónica tiene una alarma puesta a las 15:30, todos los días suena, todos los días Verónica la silencia con el mismo gesto — el pulgar deslizándose hacia la derecha, sin mirar — y sigue con lo que estaba haciendo.
Una vez le pregunté por qué.
No me acuerdo, dijo. La puse por algo, estoy segura.
Le pregunté si no le molestaba.
¿Qué cosa?
Que suene todos los días sin que sepas para qué.
Me miró como si yo hubiera dicho algo en otro idioma. Pero si la saco y después me acuerdo, ¿cómo hago?
No supe qué responder.
Lo que me inquieta no es que Verónica no recuerde. Lo que me inquieta es que lo considera una precaución razonable. Como si el olvido fuera un estado provisorio, como si en cualquier momento la memoria fuera a devolver la deuda. La alarma, mientras tanto, oficia de testigo. Recuerda en su lugar, aunque no sabe qué.
A las 15:30 del viernes siguiente estaba con ella cuando sonó. Verónica bajó los ojos al teléfono, deslizó el pulgar, los volvió a subir.
¿Nada?, pregunté.
Nada, dijo.
Seguimos trabajando.
A las 15:30 del lunes siguiente volví a estar presente, y el miércoles de la semana después. Empecé a reorganizar mis tardes sin darme cuenta, como quien ajusta algo sin admitir que lo está ajustando. La alarma sonaba. Verónica la silenciaba. Ninguno de los dos decía nada.
No sé desde cuándo espero yo también.