DIVAGACIONES | JuAN 11:35

Estaba pensando en algo que no aparece en ningún evangelio: nadie vio a Jesús reír. No la risa obscena de los borrachos, ni el resoplido condescendiente de un maestro ante un alumno torpe. Hablo de la convulsión involuntaria que nos sacude cuando el abismo entre lo que esperábamos y lo que ocurre se vuelve, de pronto, insostenible. Puede ser que no tenga importancia. Puede ser que sí.

Lo que llama la atención es que los evangelistas no eran hombres distraídos. Mateo registró el precio exacto de la traición. Juan recordó el número de cántaros en Caná. Lucas supo el nombre del esclavo cuya oreja fue cortada. Eran hombres que anotaban, y ninguno escribió: «y entonces Él rió».

Podría ser una omisión cultural, claro. Podría ser que la risa no mereciera registro en ese contexto. Pero me cuesta creerlo, porque sí registraron todo lo demás.

Lloró, eso está escrito. Ante la tumba de Lázaro se detuvo y lloró, con esa economía de dos versículos que yo considero la frase más densa de todo el Nuevo Testamento. 1 Se encolerizó, sintió compasión, sintió en Getsemaní un terror tan físico que su sudor se tiñó de sangre según Lucas, que era médico y sabía lo que estaba diciendo. Todo eso es la cartografía completa del sufrimiento humano. Falta la risa solamente, nada más, no estaba.

Bataille planteó en algún momento que la risa es el instante en que el hombre roza lo sagrado. Reír es descubrir que la realidad no obedece a lo que uno esperaba, y esa grieta entre el mundo esperado y el mundo real sería precisamente el territorio de lo divino. Me parece un razonamiento hermoso. Y si lo doy vuelta, si lo uso al revés de como él lo pensó, llego a algo que no sé si es una conclusión o simplemente una imagen: quien no tiene esa grieta, quien no puede ser sorprendido porque lo esperado y lo real son para Él la misma cosa, tampoco puede reír. No es que le falte el humor, es que le falta la condición previa. La distancia. 2

Acá es donde los estoicos iluminan u oscurecen algo, aunque no de la manera que suele pensarse. Ellos también contenían, también callaban, también cultivaban una superficie quieta. Pero lo hacían por orgullo, o por lo que el orgullo llama virtud: ocultar las lágrimas, refrenar la emoción, ganar la batalla contra uno mismo. Jesús lloró sin esfuerzo y sin vergüenza, ante un sepulcro y ante quienes lo miraban. No había en Él nada que ocultar porque no había nada que demostrar. Lo que escondía era de otra naturaleza: algo que constantemente ocultó con un silencio repentino, algo que tal vez era demasiado grande para mostrarlo sin más. Lo que en el estoico era orgullo disfrazado de virtud, en Él era otra cosa. No sé si llamarlo misterio es exacto, pero es la palabra que más se acerca. 3

Me pregunto si la ausencia de la risa es la única prueba teológica que no puede ser fabricada. Las demás admiten la duda: si decís que resucitó a Lázaro, alguien puede preguntarte si lo viste; si decís que caminó sobre el agua, alguien puede imaginar una barca que nadie notó. Pero nadie inventa una ausencia. Los que mienten agregan detalles. Los que recuerdan embellecen. Y ninguno de los cuatro hombres que escribieron sobre Él sintió la necesidad de agregar ese detalle que lo hubiera vuelto más cercano, más nuestro.

Aunque tampoco sé si eso prueba algo, o si simplemente lo sugiere.

Y después de todo esto queda la pregunta que no sé eludir: si no rió, ¿qué había en su lugar? La carta a los Hebreos dice que soportó la cruz «por el gozo puesto delante de él». 4 No el gozo de algo presente, sino ante algo futuro. No la alegría del que ríe porque algo inesperado acaba de ocurrir, sino algo más parecido a la certeza de quien ya sabe el desenlace y lo carga como un peso que también es una promesa. Chesterton imaginó, al cerrar Ortodoxia, que lo que Jesús ocultaba con ese silencio repentino, lo que era demasiado grande para mostrárnoslo, era precisamente su alegría. Me gusta esa idea. No sé si es verdad, ni siquiera si es verificable, no sé si esas palabras aplican a todo lo que acabo de escribir. Pero hay algo en ella que suena más honesto que muchas certezas que he leído. Una alegría sin sorpresa, sin la grieta por donde entra la risa. Algo que ningún hombre ha sentido del todo, porque ningún hombre ha podido ver, desde dentro del dolor, el otro lado completo. O eso imaginamos. O eso esperamos.


1 «Jesús lloró.» Juan 11:35. La frase más corta del Nuevo Testamento en casi todas sus traducciones. Su brevedad ha sido interpretada como torpeza del copista. Yo la interpreto como exactitud, aunque admito que puede ser las dos cosas. Sin contradicción.

2 La tradición doceta sostenía que el sufrimiento de Cristo era solo apariencia, y por eso nunca necesitó explicar la ausencia de la risa: para ellos todo era apariencia. Es una herejía cómoda, demasiado cómoda, quizás. Una teología sin fricciones no está mirando al mismo Dios, eso me parece a mí.

3 El estoico que no llora ha ganado una batalla contra sí mismo, y esa victoria le pertenece. Pero supone un enemigo interior, y ese enemigo es la humanidad que no logró, ni logrará, extinguir del todo. Jesús no tenía ese enemigo, o al menos eso sugiere el texto. Por eso su llanto no era derrota sino don, y su silencio no era logro sino naturaleza. Aunque tampoco estoy seguro de que esa distinción sea tan clara como me suena escrita.

4 Hebreos 12:2. El término griego es chara, que en otros contextos se traduce simplemente como júbilo. Que la misma palabra designe tanto el placer simple de los discípulos al ver al resucitado como la disposición con que Él enfrentó la cruz sugiere que el griego, como casi todos los idiomas humanos, no tenía vocabulario suficiente para lo que intentaba describir. O que sí lo tenía, y que somos nosotros los que no alcanzamos a leerlo bien.