Diario – Fin de ciclos
Siempre hay un último esfuerzo. Antes de este hubo otro, ya no sé cuántos van. Me lo dijeron de nuevo esta semana. Un último esfuerzo. Lo dijeron con buena intención, estoy seguro, con esa certeza tranquila que tiene la gente que mira desde fuera y puede ver el final porque no está dentro. Asentí. Qué otra cosa hacés cuando estás tan cansado que incluso discutir es un gasto considerable.
El problema no es el esfuerzo, el problema es el último. Hay algo que el cuerpo empieza a hacer cuando ya no le creés. Una especie de ahorro forzado, como cuando racionás el sueño, una hora más, solo una, porque mañana también hay que estar. Vas haciendo las cosas igual pero con menos, no sé cómo explicarlo de otra manera. Te movés, respondés, aparecés donde tenés que aparecer. Pero algo se reserva. Algo dice no muy dentro y callado, sin espamentos, sin que nadie se entere. Yo me enteré hace un tiempo. Sigo igual.
Lo raro es lo que pasa cuando el final empieza a verse de verdad. No el final abstracto del que hablabas al principio de todo esto, ese que quedaba lejos y funcionaba más como excusa para seguir que como destino real. El otro, el concreto, el que ya tiene fecha y forma y una serie de cosas pendientes que cuando las termines vas a tener que admitir que terminaste.
Ese da miedo. Un miedo tranquilo, sin dramatismo, pero miedo al fin.
No le tengo miedo a lo que viene después, o no principalmente, es el acto en sí, cruzar, soltar esto que costó tanto y que de alguna manera ya siento como mío aunque me haya pesado, aunque haya habido días que no le desearía a nadie, aunque haya salido de algunos momentos sin entender bien cómo.
Todo eso también es mío. ¿A dónde va cuando termina?
Entonces postergo. No de manera dramática, no con grandes declaraciones. Postergás de a poco: un trámite que puede esperar hasta mañana, una conversación que todavía no es urgente, una decisión que técnicamente no hace falta tomar hoy. El ciclo sigue abierto, seguís siendo la persona que está en eso, que todavía no llegó, que va.
Ser la persona que va es más fácil que ser la persona que llegó. Porque la que llegó tiene que saber qué sigue. Y yo todavía no tengo muy claro qué sigue.
Pero tampoco tengo muy claro qué me llevo.
Qué queda de las personas que estaban cuando empecé y que en algún punto dejaron de estar, no de golpe sino de esa manera lenta en que las cosas se van, que es más difícil de señalar y también la más difícil de llorar. No hubo un momento exacto, hubo muchos momentos pequeños que suman una ausencia que todavía no sé muy bien dónde poner.
Me dijeron un último esfuerzo y dije que sí casi sin pensarlo. A esta altura el movimiento es más viejo que la decisión. Hay algo que las manos saben hacer aunque la cabeza no colabore, algo que aprendiste cuando todavía creías que iba a ser más fácil, cuando los que estaban al lado eran otros y el tiempo parecía más generoso, eso quedó, ellos no, o sí pero de otra manera, de esa manera en que la gente se queda sin quedarse, que es quizás la forma más honesta de irse. Y seguí, no heroicamente. Simplemente no encontré el momento exacto de parar.
Voy a cruzar ese umbral, probablemente sin que se note mucho, sin que el momento esté a la altura de todo lo que significó. Así son la mayoría de los finales importantes: llegan un jueves, con pendientes sin resolver y sueño atrasado, y te das cuenta después, cuando ya estás del otro lado y mirás para atrás y pensás «ah, fue ahí».
No sé qué voy a sentir. Alivio, supongo. Pero también algo parecido al duelo, aunque suene raro dolerse por algo que costó tanto. Dolerse por las personas que no van a estar para verlo, o que van a estar de esa manera nueva y un poco extraña en que están ahora. Dolerse por la versión de uno que empezó esto y que claramente era otro, que tenía otras ideas del tiempo y del esfuerzo y de lo que iba a costar.
Capaz no suena tan raro.
Capaz que justamente por eso.