El punto inmóvil

A la memoria de K.F., cartógrafo de sueños

En 1891, el cartógrafo Karl Flinders concluyó que el sueño humano no era, como sostenía la tradición romántica, una emanación privada del alma individual, sino un territorio objetivo y compartido, tan cartografiable como la Patagonia o el mar de Barents. Esta hipótesis, que sus contemporáneos recibieron con la condescendencia reservada a los visionarios y a los locos, lo ocupó durante cuarenta y tres años. Murió en 1934 sin haber publicado nada. Sus manuscritos llenan diecisiete volúmenes de una letra que se va haciendo más pequeña con los años, como si el hombre intentara caber dentro de sus propias palabras. Los examiné en la biblioteca de su sobrino, en Ginebra.

El argumento central de Flinders es simple y terrible: si toda la humanidad sueña los mismos pasillos, las mismas escaleras que descienden sin término, la misma luz que no proyecta sombra, entonces existe un lugar donde esos pasillos convergen. Un centro, y ese centro, razonó Flinders con la lógica implacable de quien ha dormido mal cuatro décadas, debe contener la pregunta que ninguna persona formula en voz alta porque hacerlo equivaldría a admitir que no la conoce.

Flinders llamó a ese centro el Punto Inmóvil. Dedicó los últimos veinte años de su vida a encontrarlo.

Los manuscritos registran el método con una precisión que roza lo patético: Flinders se entrenó para reconocer el sueño desde adentro, para caminar con propósito en ese territorio que los demás recorren como sonámbulos. Aprendió a no despertar cuando el laberinto se volvía amenazante. Aprendió, según sus palabras, a no tener miedo de lo que podría haber en el centro porque cualquier cosa sería preferible a no saberlo.

En la entrada del 14 de marzo de 1933, la letra cambia. Se vuelve grande, casi infantil, la mano que escribía parecía ser de otra persona.

La entrada dice solamente esto:

Llegué, hay una puerta, me había preparado para el monstruo: había ensayado el terror, había imaginado al monstruo, le había dado una cara. Me había preparado también para el vacío: había practicado el duelo, la náusea específica de confirmar que no hay nada. Pero la puerta no tiene manija. No hay cerradura que forzar, ni bestia que enfrentar, ni ausencia que llorar. Solo la puerta, y yo de este lado, y la distancia entre ambos que es exactamente la misma distancia que había cuando empecé. He comprendido que el laberinto no fue construido para ocultarnos algo. Fue construido para mostrarnos que hay algo que no podemos alcanzar. La diferencia es infinita.


No hay más entradas después de esa fecha.

Lo que me perturba, lo que me ha quitado el sueño con una ironía que Flinders habría apreciado, no es la puerta, es la palabra llegué, porque implica que el centro existe, que es alcanzable, que un hombre puede pararse frente a él con sus propias piernas y, sin embargo, la puerta no tiene manija. Lo cual significa que llegar y no llegar son, en este caso, la misma cosa.

Murió al año siguiente, de causas que el certificado describe como insuficiencia cardíaca y que yo describiría, con menor rigor pero más exactitud, como la imposibilidad de vivir con una pregunta de ese tamaño.

Sus mapas, debo decirlo, son extraordinariamente precisos.

No sirven para nada.