Cenizas y nombres

La primera vez que lo vieron, nadie supo de dónde había salido.

Apareció en la librería del pasaje de la Memoria un martes por la tarde, cuando la luz entraba oblicua por los ventanales y hacía que el polvo del aire pareciera oro en suspensión. Era un hombre de mediana estatura, con ropa que no pertenecía a ninguna época reconocible: un abrigo de paño oscuro, ligeramente pasado de moda, como si hubiera sido cosido con la intención de durar más que su dueño. Caminaba entre los estantes con la parsimonia de quien reconoce un lugar sin haberlo visitado nunca.

La librera, Sofía, lo observó desde detrás del mostrador. Tenía la costumbre de catalogar a los clientes por la forma en que tocaban los libros. Los había que agarraban los lomos con descuido, como si fueran objetos. Los había que los abrían con una delicadeza casi médica. Este hombre, en cambio, no los tocaba. Se detenía frente a ellos, los miraba, y seguía. Como si estuviera buscando algo específico entre todos los que no eran ese algo.

—¿Lo ayudo con algo? —preguntó Sofía, cuando el silencio entre ellos se volvió demasiado simétrico para ser accidental.

El hombre la miró. Tenía los ojos de un color indefinido, castaño tirando a gris, o gris tirando a verde, dependiendo de cómo le diera la luz. Sofía pensó, sin poder explicar por qué, que era un color demasiado descrito para ser real.

—Busco los libros de Arturo Voss — dijo.

Sofía frunció el ceño. El nombre le resultaba familiar de la forma en que resultan familiares las cosas que uno ha leído en algún índice, en alguna nota al pie, en algún catálogo de autor que nunca terminó de volverse famoso.

—Voss —repitió—. El que escribió Los cuerpos inmóviles.

—Entre otras cosas —dijo el hombre, sin inflexión particular.

Sofía lo llevó hasta la sección de literatura del siglo pasado, donde encontraron tres volúmenes delgados de Arturo Voss, un escritor que había muerto a los cuarenta y dos años sin haber publicado demasiado, pero lo suficiente como para que algunos académicos lo consideraran injustamente olvidado. El hombre se detuvo frente a los tres libros y los miró durante un tiempo que a Sofía le pareció excesivo. No los tocó. Los miró como se mira algo que nos pertenece sin haberlo elegido.

—¿Hay más? —preguntó.

—Aquí, solo esos. Podría buscar en el depósito.

—No importa —dijo el hombre—. Con estos es suficiente por ahora.

Los compró. Los tres. Pagó en efectivo con billetes que, Sofía notó después, tenían algo extraño en la textura, como si fueran copias muy bien hechas de sí mismos. Cuando intentó recordar su cara esa noche, antes de dormir, le costó más de lo que debería. Recordaba perfectamente el abrigo, el color indeciso de los ojos, la forma en que se había detenido frente a los libros. Pero la cara se le escapaba, como si sus rasgos no hubieran terminado de fijarse en el mundo.


Lo vieron luego en otros lugares.En la biblioteca municipal, pidiendo acceso al archivo de manuscritos. En la hemeroteca, revisando entrevistas antiguas. En una pensión de la calle Rosario, donde según la dueña llegó con una maleta pequeña y sin dar explicaciones, y pagó por adelantado varias semanas. La dueña, una mujer práctica que había aprendido a no hacer preguntas a los huéspedes silenciosos, notó sin embargo que su cuarto siempre estaba igual. La cama sin deshacer. El vaso en el mismo lugar. Ninguna de las marcas pequeñas e inevitables que deja un cuerpo cuando habita un espacio. Era como si el hombre durmiera en otro sitio y usara la habitación solo como pretexto para tener una dirección.

Quienes hablaron con él describían la misma sensación: la de estar conversando con alguien que conocía perfectamente el guión de la conversación, pero lo seguía por cortesía, no por necesidad. Respondía las preguntas con precisión, nunca con calidez. No porque fuera antipático, sino porque parecía que la calidez era para él un recurso ajeno, algo que había aprendido a imitar pero que no le pertenecía del todo. Como si hubiera sido descrito como un hombre reservado y estuviera cumpliendo fielmente con esa descripción.

El estudiante de letras que lo encontró en la biblioteca se llamaba Damián y llevaba semanas trabajando en su tesis sobre Voss. Era insistente de la forma en que lo son los jóvenes que confunden la curiosidad con el derecho, y esa insistencia lo llevó a sentarse frente al hombre sin haber sido invitado.

—Usted ha leído mucho a Voss —dijo, que era su forma de iniciar una conversación declarando lo que ya sabía.

—Lo conozco bien —respondió el hombre.

—¿Es usted académico?

—No exactamente.

—¿Familiar?

El hombre consideró la pregunta más de lo necesario.

—Algo así —dijo al final.

Damián le preguntó su nombre. El hombre abrió la boca, la cerró, y por un instante tuvo la expresión de alguien que consulta un documento interno antes de responder. Como si el nombre fuera una información que guardaba en algún lugar al que no siempre tenía acceso inmediato.

—Aurelio —dijo.

Solo el nombre. Sin apellido. Y dicho de una manera que hacía difícil saber si lo estaba recordando o eligiéndolo.

Damián, que no había notado la pausa, le preguntó entonces qué buscaba exactamente en los archivos. El hombre cerró la carpeta que tenía delante, y por primera vez en la conversación lo miró directamente.

—Quiero saber cuántos ejemplares existen —dijo—. De cada libro. Cuántos quedan. Dónde están.

—¿Para qué quiere saberlo?

El hombre no respondió de inmediato. Miró hacia la ventana, donde la tarde empezaba a doblarse sobre sí misma.

—Voss me hizo —dijo finalmente—. Y no me lo preguntó.

Damián esperó que continuara. El hombre juntó las manos sobre la mesa con una calma que tenía algo de ensayado, como el gesto de alguien a quien le han descrito la serenidad pero no la ha sentido nunca del todo.

—Me eligió un nombre —dijo—. Me eligió un miedo. Me eligió una forma de caminar por las habitaciones, una manera de mirar a la gente, una herida de la infancia que yo nunca viví pero que cargo igual, porque él la escribió y ahora es mía para siempre. Decidió que yo sería el tipo de hombre que no termina las cosas. Que duda. Que llega tarde a sus propias conclusiones. —Hizo una pausa—. ¿Usted elegiría eso para sí mismo?

Damián no supo qué responder.

—Quizás Voss pensaba que eso lo hacía más interesante —dijo, porque era estudiante de literatura y tenía la deformación profesional de defender a los autores.

—Quizás —dijo el hombre, con una neutralidad que era casi su forma de estar en desacuerdo—. Pero interesante para quién. No para mí. Yo no soy interesante para mí. Soy inevitable para mí. Esa es la diferencia.

Damián lo miró. Quiso preguntarle de qué libro de Voss era él. Pero algo en la pregunta le pareció de pronto descortés de una manera que no podía precisar, como preguntarle a alguien de qué enfermedad murió su madre.

Se quedaron en silencio un momento. Afuera, el viento movía los árboles con una cadencia que parecía ligeramente artificial, como viento descrito en una página.

—¿Y entonces? —dijo Damián—. ¿Qué va a hacer?

El hombre recogió su carpeta.

—Todavía no lo sé —dijo—. Eso también me lo dejó sin resolver.


La noche del incidente, Sofía no estaba en la librería.

Lo que se sabe es lo que contó el vecino del piso de arriba, un jubilado que había salido a fumar al balcón y vio la luz. No fue un incendio grande, precisó después, con esa insistencia de los testigos en los detalles que los absuelven de no haber actuado antes. Fue más bien una fogata pequeña, casi controlada, en el callejón lateral. Y frente a ella, el hombre del abrigo oscuro, que sostenía los tres libros de Voss contra su pecho.

El jubilado bajó. Cuando llegó al callejón, el hombre estaba de pie ante el fuego, inmóvil, mirándolo con la atención de quien espera que algo le responda.

—¿Qué quema ahí? —le preguntó.

—Nada aún —dijo el hombre.

Tenía los tres libros en las manos. Los miró durante un momento largo. Luego hizo algo que el jubilado recordaría el resto de su vida: los acercó al fuego, tan cerca que las cubiertas debieron de calentarse, y los retuvo ahí, en ese umbral entre lo que existe y lo que ya no puede, y después los retiró.

Se quedó con los libros contra el pecho y la fogata ardiendo sola.

—¿Por qué no los quema? —le preguntó el jubilado, porque a veces la gente mayor ha perdido el filtro que les impide preguntar lo que todos queremos saber.

El hombre tardó.

—Si los quemo —dijo—, desaparezco antes de haber podido demostrar que tenía razón para hacerlo. —Miró el fuego—. Y si no los quemo, sigo siendo exactamente lo que él quiso que fuera. El tipo de hombre que llega hasta el borde y no cruza.

—¿Y eso es malo? —preguntó el jubilado.

—No lo sé —dijo el hombre—. Eso también lo decidió él.

El jubilado no encontró nada que responder a eso. Se quedaron los dos mirando el fuego durante un rato que no supo calcular. Luego el hombre se dio la vuelta y se fue por el callejón, con los tres libros todavía intactos bajo el brazo, hacia una dirección que nadie intentó seguir.

La fogata se apagó sola antes del amanecer. En el suelo no quedaba nada que hubiera ardido. Solo ceniza que, según dijo el jubilado, tenía la forma inexplicable de letras que el viento deshizo antes de que alguien pudiera leerlas.


Sofía volvió a verlo una sola vez más.

Fue en la puerta de la librería, un jueves temprano, antes de que abriera. Él estaba de pie en la acera, mirando el escaparate desde afuera, con los tres libros bajo el brazo. No intentó entrar. Cuando ella se acercó con las llaves, él la miró con esos ojos que nunca terminaban de tener un color definitivo.

—¿Encontró lo que buscaba? —preguntó Sofía.

El hombre consideró la pregunta.

—Encontré que sigo aquí —dijo—. No sé si eso es lo mismo.

Sofía abrió la librería. Puso agua para el café. Fue hasta la sección de literatura del siglo pasado y miró el hueco que habían dejado los tres volúmenes de Aurelio Voss, ese escritor que había muerto a los cuarenta y dos años y que, según algunos, no merecía el olvido que tenía.

Pensó en el hombre. En su ropa sin época. En los billetes con esa textura extraña. En la cara que seguía sin poder recordar del todo. En la manera en que había dicho me eligió un miedo con la misma voz con que alguien diría me eligió un abrigo, con esa resignación particular de quien carga algo que no pidió y ya no sabe cómo soltar.

No volvió a llenar ese hueco en mucho tiempo.